dimecres, 27 de maig de 2009

De la memoria de los peces

"De todas maneras últimamente la memoria educativa es como la de los peces o peor. ¿Quién fue? Nadie lo sabe. ¿A quién se le ocurrió? Nos encogemos de hombros. ¿Qué mente o mentes preclaras idearon semejante disparate?"


Termina el curso escolar, se abre el momento de proyectos, perspectivas y planificaciones. Hay que saber vender o saber venderse al mejor postor. Faraones y chisgarabises hacen corro alrededor de una mesa de camilla. Es el momento de sobrevivir. Ni un paso atrás ni para tomar impulso, diría más de uno, no sea que rectifiquemos y eso es cosa de sabios, faltaría más. ¿Consultamos con alguien? ¿Para qué? Hagamos de Juan Palomo y luego tiremos la primera piedra, ahora se enseñan los cinco dedos, como si jugáramos a los cinco lobitos y luego esconderemos la mano, a alguien le caerá a sus pies el guijarro en cuestión y lo volverá a tirar, para cuando le dé en la cabeza al de siempre, ya nadie recordará quién fue el primero en lanzarla.
De todas maneras últimamente la memoria educativa es como la de los peces o peor. ¿Quién fue? Nadie lo sabe. ¿A quién se le ocurrió? Nos encogemos de hombros. ¿Qué mente o mentes preclaras idearon semejante disparate? Yo no he sido… fue él o ni me acuerdo. Todo vale y todo da igual. Parece que algún charlatán de feria se introduce con sus espectaculares productos, rodeado de luces y lentejuelas. ¿Para qué sirve? Ni lo sé ni me importa, pero tiene un color precioso y se mueve; luego existe. Además, a mí qué más me da, lo que la imaginación no pueda conseguir lo hará el dinero que para eso está. El dinero todo lo puede, el resto vendrá solo.
Inventemos el futuro, decía una reciente campaña de publicidad. Inventemos la educación del siglo XXI dirá un próximo proyecto educativo, estoy seguro. De inventos inútiles están llenas las oficinas de patentes, otro más da igual. Además eso del siglo XXI da para mucho y todo cabe, globalicemos la educación; total, otra cosa más. Pero para inventar hay que imaginar y saber hacerlo no es tarea fácil, en una sociedad donde todo vale y nadie sabe luego nada, es difícil imaginar, aún más difícil crear e imposible creer. A veces no hay nada que inventar, lo tenemos a nuestro alrededor, simplemente es cuestión de verlo, pero hay que entenderlo.
Los árboles no te dejarán ver el bosque pero, primero hay que saber lo que es un árbol y luego entenderemos el concepto bosque, si antes no lo hemos hecho sólo nos dejaremos llevar por impulsos irracionales.
Mala cosa es empezar la casa por el tejado pero peor es jugar con lo que no sabemos. No hablemos de innovación si nunca lo hemos hecho, ni practicado, ni sentido, ni ganas que tenemos. No hablemos de imaginar si nuestra cabeza ha sido incapaz de hacerlo, ni cuando teníamos capacidad para ello. Las modas son interesantes a la vez que peligrosas, también alienan y luego no dejan de ser eso; modas pasajeras que nos dejan armarios llenos con cosas que jamás hemos usado ni usaremos, debido a nuestra nula perspectiva de futuro. Además, ¿qué perspectiva voy a tener si soy incapaz de ver más allá de mis cuatro paredes que me siguen como espectros por todas partes?
Si no sabemos distinguir fin de medios, mal camino llevamos. Si confundimos medios con fin, vamos directos al fracaso, pero eso parece que da igual, de todas maneras ya nadie se acordará de nosotros cuando la piedra siga pasando de mano en mano y los armarios se vayan llenando de modas pasajeras y caprichosas, producto de la inconsciencia y el desconocimiento, apoyados por la inmadurez, la falta de perspectiva y la palabras del feriante de turno, rodeado de neón y serpentinas. Al final se dirá aquello de: el último que cierre la puerta.
Para qué preocuparnos, seguimos siendo la leche; irreductibles, indestructibles, el último reducto de Occidente. Aviso a navegantes de sonrisa agradable y palmadita en la espalda: cuidado con los conversos, suelen ser los peores. El que avisa no es traidor, simplemente avisador. C.P.F.

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